El Coleccionista de Fantasmas

Edgar Cerilo tenía una vida corriente. Vivía en un apartamento corriente. Uno de los tantos que tapizaban las colinas del barrio más apartado del centro de la ciudad.

Manejaba un auto corriente, herencia de su difunto padre que por muchos años cuidó cual patrimonio familiar.

Tenía un trabajo corriente, del cual cobraba un salario justo, pero insuficiente. Si acaso le alcanzaba para el six pack de cervezas que a diario consumía frente al televisor. Al final de su jornada, veía partidos de fútbol hasta que el sueño lo alcanzara y regresaba a la cama arrastrando los pies pensando en lo trágico que sería hacer lo mismo al día siguiente.

La rutina lo enfermaba y con tímida picardía, tentaba los días con pequeñas hazañas que rompieran con la monotonía. Un piropo a la secretaria de la compañía que ya ni caso le hacía. Un bocado del almuerzo refrigerado de algún incauto compañero, que ni cuenta se daría. Una pequeña regata de semáforo a semáforo con un taxista, que ni atención le cedía.

Volvía a su solitario apartamento con el six pack bajo el brazo. Calentaba su cena instantánea y repetía su ritual nocturno frente al televisor para volver a la cama cabizbajo, pensando que haría lo mismo mañana, repitiendo así todos los días.

Aquella mañana, la monotonía de su tránsito diario fue decorada con un horrible accidente vehicular. Era de madrugada y la salida a la autopista desde la lejana barriada aún estaba desolada. Se encontraba solo frente a la tragedia y quién sabe si por morbo o por aburrimiento, paró su vehículo y se acercó a ella.

La alta velocidad con la que impactó el vehículo la cuneta, lo hizo torcerse cual latón, similar a las latas de cerveza vacías que a diario descartaba, y el cuerpo de una mujer semidesnuda por el impacto, ya hacía torcido en formas imposibles, descartado por igual a un lado de la carretera.

Se acercó aún más para verla, cual espectáculo siniestro que como intervención divina había caído a sus pies para sacarlo de su monotonía. Los ojos entre abiertos de la occisa, dejaban caer unas lágrimas que rodaban hacia arriba. Recorrían por su frente hasta el aún frío pavimento donde reposaba su torcido cuello contraído.

Otros autos se detuvieron a ver el siniestro, pero para Edgar, ya su día estaba hecho. Regresó camino a su trabajo con un cuento nuevo. Primero se lo contó a la secretaria, que espantada escuchaba el relato que con tanta emoción Edgar le decía. Los compañeros de cubículo no le prestaron tanta atención, ya que habían leído la noticia en las redes hace unos minutos y les era inverosímil y hasta fastidioso como Edgar contaba con entusiasmo lo sucedido.

La rutina del día fue mermando su excitación y salió de su trabajo a buscar el six pack como todos los días. Repitió su nocturno ritual en total apatía. Sin embargo cuando por cansancio o por el alcohol sus párpados caían, allí tras ellos, encontraba vívidamente la imagen de la mujer torcida.

Su pulso se aceleró en súbita arritmia. Detalles del accidente que no había percibido conscientemente aparecían en su habitación como a la luz del día. El olor a caucho y gasolina. La sangre en el pavimento que se escurría. Juraba ver a la occisa con los ojos entreabiertos en cada esquina.

Pasó la noche en un eufórico terror. Retorciéndose en las sábanas con las pesadillas. Se levantó muy temprano y fue a su trabajo por la misma vía y al pasar por el lugar del accidente juró ver de nuevo a la mujer ahí tendida.

—Un fantasma! —Le repetía a la secretaria que fastidiada manoteaba para que se fuera con su cuento a otro que quisiera escuchar sobre sus fantasías.

Sin embargo, la monotonía del repetitivo trabajo calmó sus ansias y volvió a la rutina. Las horas se volvieron días y los días semanas. Su imaginación se enfrió y no volvió a ver el fantasma en cada esquina.

Una tarde calado por el aburrimiento, le dio por buscar en las redes los últimos reportes de tránsito y como era de esperarse ahí encontró un accidente reciente muy cercano a su trabajo. Salió despavorido de la oficina en dirección a la tragedia. Para su suerte las autoridades aún no habían llegado. Un pequeño bus de ruta lleno de pasajeros había colisionado de frente con un auto. Ambos conductores aún tras el volante permanecían inmóviles. Varios autos se habían detenido para ayudar a sacar a los heridos pero Edgar embebido con el espectáculo de los difuntos se acercaba cada vez más a ellos, absorbiendo en su imaginación todos los detalles.

Esa noche lo visitó el fantasma de la mujer torcida junto a los dos conductores. Sus labios se movían en un mudo reproche. Sudando frío Edgar se revolcaba y reía con euforia en sus pesadillas.

Esta vez no le contó a nadie de sus fantasías. Se regocijaba de haber encontrado una tangente a la rutina de sus días. Su morbo se incrementaba con el paso de los días y con la ayuda de las redes buscaba accidentes, crímenes, suicidios y cualquier tragedia donde hubiera un cuerpo que aún no hubiese sido removido.

Su pequeño apartamento era sitiado todas las noches por un sin número de fantasmas con el cual Edgar compartía. La mujer torcida, al igual que los dos conductores, se habían desvanecido entre la multitud, sin embargo Edgar seguía agregando más fantasmas que coleccionaba cual estampillas.

Algo curioso sucedió al llegar la Semana Santa. Los espectros abandonaron repentinamente a Edgar y este cayó en un síndrome de abstinencia. Cual drogadicto se la pasaba buscando en las redes una tragedia y al no encontrarlas salió a la calle por ellas.

Pensó en causar la tragedia para saciar su vicio, al ver un anciano cruzar la vereda. Pero su auto derrapó y perdiendo el control colisionó contra un árbol en la acera. Salió del vehículo humeante aparentemente ileso. El anciano se acercó a él extendiendo un grillete con una cadena. Detrás del anciano, la mujer torcida, los dos conductores y todos los fantasmas que Edgar había coleccionado junto a muchos más que no conocía, ya hacían en fila portando por igual el grillete al cuello, atados entre sí con cadenas. Edgar abría y cerraba la boca en un mudo reproche al verse parte de la colección.