El Diario de Don Julio: #01 – La Lectura del Pepino

Mi nombre es Julio Candelario Gonzalves Rodriguez y esta es la primera página de mi diario.

Tengo 61 años, de los cuales 16 llevo trabajando en el Ministerio de Gobierno y Justicia de Panamá en el área de Casco Antiguo. Estoy a menos de un año de mi jubilación y he decidido empezar este diario para documentar las insólitas vicisitudes que con la vejez estoy experimentando.

No es muy cómodo escribir en el celular. Pero dice mi hija que así es más fácil copiarlo después. La verdad que ya casi ni veo y mis garabatos no los entiende nadie.

Al punto con esto entonces…

Todo comenzó con una señora que trabaja en otro departamento. Los muchachos le decían la bruja porque siempre tiene el puesto lleno de artilugios esotéricos, botellitas de aceites, imágenes de santos y qué sé yo.

Pues «la bruja» se dio cuenta que estaban mofándose de ella a sus espaldas y un buen día no lo aguantó más. Llorando les gritó y les juró que se vengaría. Mucho drama para este anciano así que ni le preste atención.

El tiempo pasó y ya hasta me había olvidado del tema. Todo parecía haberse calmado, hasta que un buen día apareció la señora del aseo exigiendo le explicaran de quien eran los pepinos con nombres que habían dejado en el refrigerador común.

Los primeros que se levantaron curiosos a ver el absurdo hallazgo fueron los pelaos de contabilidad. Ahí fue cuando escuche el primer grito.

—Eso es brujeria! —Grito una muchacha.

—Mirta ahí esta tu nombre ve! Un joven destacó.

Y como era de esperarse, cundió el pánico. Dentro de los pepinos ya resecos por el frío, habian incrustados rollos de papel con los nombres de cada uno de los muchachos del grupito de bufones que molestaban a la señora.

La pobre Mirta se desmayó. Otros se reían y tomaban fotos de los pepinos. «La bruja» no estaba por ningún lado. Ya era casi la hora de almuerzo y conociéndola, se había ido a sentar a una de las bancas de las plazas a comer a solas.

Pues como jefe del departamento de contabilidad, no podía dejar que mis subalternos dejaran sus funciones por distraerse con tal trivialidad. Así que me fui a buscar a la señora de los pepinos para exigirle sus disculpas por lo acontecido.

Un bien-cuidao del área me ayudó a ubicarla. Había bajado a la playa por detrás de los estacionamientos. Ahí entre las rocas estaba sentada, con el faldón recogido y los pies metidos en las aguas casi hasta las rodillas. A su lado el portaviandas aun cerrado y los zapatos marrón que siempre usaba.

—Con permiso señora Mora, me disculpa pero lo que ha hecho con los muchachos ha sido de muy mal gusto!

—¿Y lo qué hacen conmigo a diario esta bien?

—No, por supuesto que no. Pero esto solo los va a alentar más ahora. Le dije. Se volteó parar mirarme y sus ojos enrojecidos de llorar, me acusaban de sus lágrimas.

—Bah! —respondió a la par de una ola que reventaba contra el muro de concreto—. Los espíritus ahora se encargaran de ellos. Ya vio como se pusieron sus pepinos.—

Yo estaba que me restregaba el rostro de lo absurdo de todo esto.

Dándome por vencido, me arremangué las bastas del pantalón y me quite los mocasines. Por suerte hoy no me había puesto medias, solo talco. Metiendo los pies al agua, terminé sentado a su lado con los zapatos en la mano.

—A ver…—le dije más calmado—. Cuénteme que es eso de los pepinos.—

Me observa con una sonrisa radiante, mientras se seca los lagrimones con el antebrazo.

—Ay Don Julio, usted si es buena gente —confesó exhausta—. Los pepinos… Son cebo para los espíritus. Vera, cada muchacho de eso esta siendo hostigado por alguno que otro espíritu. Sus nombres eran parte de la trampa, para que el espíritu hambriento se saciara con el pepino y soltara a los muchachos.

—Pero eso es bueno ve! Si le dijera eso a ellos, harían las paces y se acabaría todo este lío!

—No hombre! Es que usted no entiende. Los pepinos se secaron!

—Por qué los dejó en la refri! Eso era de esperarse! —Le reclame algo sarcástico.

—Se equivoca Don Julio, los pepinos los tenia en el portaviandas bien cuidados. Se suponía que iban a durar meses, pero ya ve que ni una semana duraron.

—¿Y esto qué se significa entonces?

—Ay Don Julio, son espíritus muy hambrientos, insaciables. Me temo que no fue suficiente el pepino y volverán a hostigar a los muchachos. —Exhaló frustrada.

Me pase la mano por el rostro de nuevo y mire hacia el horizonte. Un bote a lo lejos sondeaba por la bahía de regreso al mercado. Tomé mi tiempo para analizar el supuesto de la señora y cuando estaba por responderle me interrumpe.

—Por lo menos no todo fue tan malo, mire ve. Me ensaña de su portaviandas un pepino verde y ligeramente curvado. Estaba grueso y lleno de vida, a diferencia de los pepinos del refrigerador. —Este es su pepino! Mire que está enteresito, ni se nota el corte que le hice para poner su nombre!

De verdad que se veía bien. Un pepino saludable. Me lo hubiera comido en una ensalada si me lo encontrara en mi refrigerador. Sin embargo ya dudaba de las intenciones de la señora.

—Bueno no se a donde quiere llegar con esto señora Mora. Aunque viudo todavía le soy fiel a mi señora. Mire que la hora de almuerzo se nos esta agotando. Si no va hacer las paces con los muchachos le sugiero que…

—No espere! No me esta entendiendo! Su pepino esta así porqué ya los espíritus no lo hostigan. ¿No lo ve? ¿No lo ha sentido?

—He estado más tranquilo sí, pero es porque estoy por jubilarme. Solo me tienen calentando el puesto y entrenando a los muchachos. Ya ni camisa me exigen traer.

—Es verdad, su edad tiene que ver. A mi me faltan unos años aún. Espero tener su paz interior para entonces. Ya usted esta preparado para lo que viene.

—¿Lo que viene? ¡¿Es qué me voy a morir acaso?!

—No no no, para nada. Bueno. Es que dicen… que cuando uno ya esta lejos del afán del día a día y su espíritu ha madurado lo suficiente; el plano espiritual comienza a manifestarse poco a poco en preparación de la próxima vida.

Pues mija, sepa que hasta ahí llegué yo. Cuando ya esta señora me estaba hablando de la muerte y próximas vidas, preferí irme antes de saber más de lo necesario. Así mismo me paré, zapatos en manos y camine por las rocas, el concreto caliente de la acera y por todo el vestíbulo del edificio de Gobierno y Justicia hasta llegar a mi puesto; de donde no me moví el resto del día.